miércoles, 8 de agosto de 2012

BORGES Y BEPPO




                                                                      Lionel F. Klimkiewicz



                    



¿Son los gatos un hecho poético? Borges pensaba que las cosas no son intrínsecamente poéticas, y que para ascenderlas a poesía no se requiere hablar privativamente en metáforas, sino que intentemos vincularlas con nuestro vivir, que nos acostumbremos a pensarlas con devoción.
Se trancriben aquí los versos que le inspirara su famoso gato Beppo, como ejemplo de su modo de pensar y sentir la poesía:




El gato blanco y célibe se mira
En la lúcida luna del espejo
Y no puede saber que esa blancura
Y esos ojos de oro que no ha visto
Nunca en la casa son su propia imagen.
¿Quién le dirá que el otro que lo observa
Es apenas un sueño del espejo?
Me digo que son gatos armoniosos
El de cristal y el de caliente sangre,
Son simulacros que concede el tiempo
Un arquetipo eterno. Así lo afirma,
Sombra también, Plotino en las Ennéadas.
¿De qué Adán anterior al paraíso,
De qué divinidad indescifrable
Somos los hombres un espejo roto?

Jorge Luís Borges

martes, 7 de agosto de 2012

MÍNIMO




                                                  

Allá por fines de la década del ´60 en medio de una acalorada conversación con alumnos universitarios, el psicoanalista francés J. Lacan ante la franca ignorancia demostrada por uno de sus interlocutores, decía casi al modo de súplica: “hace falta un mínimo”.
Comenzar con esta peculiar anécdota para hablar sobre música podría parecer un recurso “desentonado”, si no fuera porque hace pocos días salió a la venta un disco de jazz de Gabriel Domenicucci, que además de psicoanalista es músico, y de los buenos. Este nuevo trabajo lo tituló “Mínimo” porque según dice: “Mínimo es el nombre que materializa el proyecto de    
desplegar elementos musicales, estética y conceptualmente simples.
Mínimo es condensación y libertad a la vez. Es la resultante de la combinación de la escritura y la improvisación. Mínimo es una idea en tránsito...”

         
Y es verdad… el concepto musical por el que transita  “mínimo” tiene una estética que se despliega en dos carriles, que podríamos nombrar como lo sugerente y lo delicado. Lo delicado lo encontramos en los detalles de los arreglos que presentan un ensamble de transiciones sutiles que permiten la aparición de una melodía cuidada y por momentos muy sugerente. Y claro que para lograr esto hace falta un mínimo que implica que además de  rodearse de buenos músicos que acompañen –punto destacado de esta obra, en la que además del contrabajo del propio Domenicucci sobresale la trompeta de Sergio Wagner- hay que poder lograr llevar el concepto al pentagrama, que en este caso implica el trabajo de lograr plasmar la calidad que existe en la simpleza, fundamentalmente en esta época en donde el jazz se convierte muchas veces en un estilo musical en donde el virtuosismo narcisista prima sobre lo que el arte mismo implica, es decir, la posibilidad de ser compartido. Es que en psicoanálisis como en música, “hablar mucho” no significa decir algo. Pero para decir algo, hace falta un mínimo, y eso es lo que transmite este disco.


                                                   Lionel F. Klimkiewicz


lunes, 6 de agosto de 2012

DISPAROS CONTRA MAUPASSANT




                                      

Guy de Maupassant tenía, al escribir, una estética muy definida. Según él mismo decía, “Cualquiera que sea la cosa que se quiere decir, sólo hay una palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla. Es preciso, pues, buscar, hasta descubrirlos, esta palabra, este verbo y este adjetivo antes que recurrir a supercherías, a payasadas del lenguaje que eviten las dificultades. Ver y ver exactamente, en esto consiste todo”.
Cualquier relato que tomemos, escrito por él, responde claramente a esta lógica. Tomemos como ejemplo unos párrafos de su cuento titulado “Un golpe de Estado”:

“Asi estuvieron frente a frente; Napoleón III, sobre la silla; el doctor de pie, a tres pasos de distancia.
Rebosaba de cólera; pero ¿qué hacer para galvanizar al pueblo y conquistar definitivamente una victoria en la opinión?
Su diestra, indecisa, tropezó sobre su vientre con la culata del revolver, sujeto al cinto rojo.
Nada se le ocurría: ni una idea, ni una palabra; empuñando el revolver, avanzó y disparó a boca de jarro la cabeza de yeso del monarca.
La bala hizo en la frente un agujero redondo, como una pequeña mancha, que no produjo ningún efecto. El señor Massarel, volviendo a disparar, produjo una herida semejante a la primera. Hizo un tercer disparo, y, seguidamente, soltó los tres que le quedaban. La frente de Napoleón III voló en partículas blancas; pero los ojos, las nariz y las retorcidas puntas del bigote quedaron intactas.”

Su estilo da la impresión siempre de ser preciso, logrando descripciones de personajes, situaciones o paisajes con una simpleza a veces impactante.
Sin embargo, siempre es enriquecedor encontrarse con una opinión diferente, tal como la que trabaja en su libro “El grado cero de la escritura”,  Roland Barthes cuando dice que la escritura “realista” (así la llama) de Maupassant, es una escritura puramente artificial, hecha de la combinación de los signos formales de la literatura (pretérito indefinido, estilo indirecto, etc.) y de los signos formales del realismo (lenguaje popular, costumbrista, etc.) que buscaría una forma óptima para expresar una realidad inerte como un objeto. En definitiva, una escritura artesanal, situada en el interior del patrimonio burgués, que no perturba ningún orden. Dicho por el propio Barthes: “Entre un proletariado excluido de toda cultura y una intelligentsia que comenzó a cuestionar la literatura, la clientela media, es decir, la pequeña burguesía, encontrará en la escritura artístico-realista –de la que en buena parte se hacen las novelas comerciales- la imagen privilegiada de una literatura que tiene todos los signos deslumbrantes e inteligibles de su identidad. Aquí la función del escritor no es tanto la de crear una obra sino la de entregar una Literatura que se vea desde lejos”.
La idea es clara,  se podría agregar además que si las cosas tienen una sola manera de ser expresadas, animadas y calificadas, implica que habría solo una manera de leer la realidad y que esta, además, no admitiría equívocos ni malentendidos. O dicho de otra manera, existiría una sola manera de decir acorde a la verdad de las cosas, y el que fuera capaz de encontrar esos términos pertinentes es aquel que porta el saber sobre esa verdad y el que está capacitado entonces para interpretar la realidad. Interpretación que será por supuesto mejor recibida en tanto se acomode mejor  a lo compartido por alguna mayoría, y que rechazará todo aquella que sea del orden de lo perturbador.
Lamentablemente, Maupassant no tuvo oportunidad de conocer ni responder la interesante crítica de Barthes. Pero en su favor se podría decir o por lo menos preguntar, si es lo mismo interpretar o criticar de un artista su obra de la misma manera que sus opiniones, por más que estas vengan a respaldar una estética.
Como seguramente todo amante de la literatura pasó alguna vez por las páginas de este gran escritor francés, valga esta pequeña reseña como excusa para pensar nuevamente “qué es leer”.

                                                           Lionel Klimkiewicz

sábado, 4 de agosto de 2012

DINO BUZZATI: "UN AMOR"




Esta novela de Dino Buzzati tiene una historia aparentemente simple y no muy original: trata sobre un hombre de cincuenta años, artista, de buen pasar económico, que frecuenta burdeles de alto nivel. Su hábito de pagar partía de un argumento contundente “por veinte mil liras, por menos incluso, tenía al instante, sin dificultad ni peligro algunos, chicas estupendas que en la vida habitual, fuera del juego, habrían costado cantidad de tiempo, fatigas, dinero y que, además, a la hora de la verdad, podían dejarle a uno plantado.¡Mientras que allí! Un telefonazo, un breve recorrido en coche, seis pisos de ascensor y listo: la ninfita estaba ya quitándose el sostén y sonriendo.”
Un buen día, Antonio -así se llama el personaje- se da cuenta que está enamorado de una de estas ninfitas que frecuentaba. Comienza a buscarla, se obsesiona, se somete a situaciones “que lo rebajan como hombre” por ella. “Él la quería por sí misma, por lo que representaba de hembra, de capricho, de juventud, autenticidad popular, picardía, desvergüenza, descaro, libertad, misterio. Era el símbolo de un mundo plebeyo, nocturno, alegre, vicioso, perversamente intrépido y seguro de sí que fermentaba con la vida insaciable en torno al tedio y a la respetabilidad de los burgueses”.
¿Por qué un hombre ya adulto, con una vida tranquila, acomodada, segura, sin sobresaltos, reconocido en su trabajo, al que muchas mujeres se acercarían, se termina enamorando hasta el absurdo justo de aquella jovencita que  lo lleva a la ruina?¿Qué lugar viene a ocupar el amor en esta historia?
Dino Buzzati, que es un gran escritor, lleva esta pregunta hasta sus últimas consecuencias, y la responde en las páginas finales de esta novela que llamó “Un amor”, un título simple, para una historia simple, pero tremendamente profunda. Por supuesto que “Un” amor no es “El” amor, pero este que aquí irrumpe en la vida del personaje puede hacernos pensar en  todos los amores.
Y Dino Buzzati logra, como siempre, introducirnos en una ficción que nos interroga sobre nuestra existencia.
                                                
Lionel Klimkiewicz

viernes, 3 de agosto de 2012

HOFFMANN: LOS ELIXIRES DEL DIABLO



                                                 

Del abanico de escritores destacados del romanticismo, Hoffmann sobresale por ser dueño de aquella parte que nos arroja un aire tenebroso y siniestro. En “Los elixires del diablo”, una de sus obras más famosas, relata en primera persona la atormentada vida del monje Medardo que vino al mundo marcado por un origen maldito debido a un crimen cometido por uno de sus antepasados. En esta novela, la vida del protagonista aparece atravesada por múltiples circunstancias que dan pié a que el autor describa con maestría vertiginosos arrebatos de locura, intensas luchas entre el bien y el mal, manifestaciones angustiosas de la sexualidad, destinos persecutorios que no dejan margen de libertad, costumbres de la vida mundana y monacal, y fundamentalmente, aquellas sensaciones ominosas que hacen palidecer a cualquier persona al toparse con eso que le indica que hay algo de sí mismo que no le pertenece y que irrumpe repetidamente en su mundo para recordarle que no hay ficción que vele la marca oculta de su destino.
Hoffmann, que escribió  esta voluminosa novela en menos de un mes, gustaba de visitar manicomios y monasterios, para conocer los detalles de la locura y la religión, lo que le posibilitaba, con el agregado tal vez de su profesión de juez, encontrar los puntos de contacto entre diversas modalidades discursivas allí donde ellas desfallecen ante lo que no tiene nombre: porque no hay escena, por más familiar que sea, que resista a lo que irrumpe manifestando en su centro el instante que suscita una inquietante extrañeza, indicando que la autonomía del ser hablante es tan ficcional como una buena obra de literatura fantástica.
Es cierto que como novela podría haber sido mejorada. Al leerla da muchas veces la impresión de no haber sido corregida o repensada por el autor, quien a veces parece resolver algunas situaciones de la trama con excesiva brusquedad, y repetir construcciones argumentales innecesariamente. Tal vez el defecto no moleste, porque deja la impresión de que es acorde a lo que aborda la novela, ya que si el efecto de “lo siniestro” requiere que se trastoque lo representable, en todo momento la obra indica “excesos” de manifestaciones subjetivas que escapan a lo que la palabra pueda describir.  Pero más allá de esto, es una gran novela que logra que el lector en algún punto se identifique con el personaje al comprender que a nadie le puede ser ajeno lo ominoso.
                                      
                                        Lionel Klimkiewicz




jueves, 2 de agosto de 2012

EL YO Y EL ELLO



                                    

En un breve texto de 1926, Borges escribió que existen dos clases de traducciones, una que practica la literalidad y otra que utiliza la perífrasis. La primera, según dice, corresponde a las mentalidades románticas, y la segunda a las clásicas. A estas últimas, les interesa más la obra de arte que el artista, por lo que desdeñan los localismos, las rarezas y las contingencias;  las otras al interesarse más por el hombre y reverenciar lo subjetivo se inclinan por la búsqueda de la literalidad. Como siempre, nos brinda un ejemplo lleno de ironía para dar a entender su idea: nos propone pensar que una traducción se puede realizar dentro del mismo idioma. Imagina entonces dos versiones del conocido verso del Martín Fierro: “Aquí me pongo a cantar- al compás de la vigüela”. Traducida con literalidad la versión sería: “En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra”; y con perífrasis “Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar”. Una demostración extrema pero contundente…
Se da el caso que en nuestro idioma, existen dos traducciones de la obra de Sigmund Freud. En Argentina, donde el psicoanálisis ha echado profundas raíces, siempre hubo argumentos a favor y en contra de la conveniencia de estudiar los textos freudianos con una u otra de ellas. Pero un acontecimiento de último momento hace que las cosas comiencen a ser de otra manera. La editorial Mármol Izquierdo ha publicado una nueva versión de “El Yo y el Ello”, escrito fundamental de la obra de Freud, con edición y comentarios de Juan Carlos Cosentino. Lo notable, es que esta edición, además de ser bilingüe, contiene la traducción del texto publicado, pero también la del borrador y la copia en limpio del escrito. Se agregan también, entre otras cosas, notas introductorias a cada capítulo de cada versión, comentarios, tablas comparativas de párrafos, glosarios de términos, que enriquecen cada página del libro.
A este monumental trabajo, se le agrega la traducción, hasta hoy inédita, de anotaciones que Freud iba realizando a medida que escribía el borrador del texto y que están tituladas como “preguntas laterales, temas, fórmulas, análisis” que son de un valor inapreciable y nos invita a realizar “un ejercicio de lectura cuyo valor apunte a rehacer el instante inicial de la experiencia analítica”.
¿Para qué este libro? Podemos decir que con este texto, resultado de un trabajo que comenzó en el año 2004, se supera la sutil y patéticamente verdadera dicotomía  planteada por Borges. La que nos presenta J.C. Cosentino (junto con Susana Goldmann quien se ocupó de la transcripción en alemán y la versión al castellano) no es una traducción ni clásica ni romántica, sino que propone un recorrido por la construcción del texto para, como dice el propio autor, presentar las formulaciones freudianas en estado naciente, ya que “el borrador lleva la marca de pensamientos urgidos por lo real del psicoanálisis”.
Es un texto para leer, investigar, trabajar, que invita a una relectura del inconsciente a partir de un momento en la obra de Freud que marca un antes y un después, al ser el nacimiento de “una disimetría entre lo reprimido-icc y ese material Icc que permanece no-reconocido”.
Por lo menos para “El Yo y el Ello”, con esta edición a cargo de Juan Carlos Cosentino se terminó con la pregunta “¿Strachey o Ballesteros?”.


                                                           Lionel F. Klimkiewicz

miércoles, 1 de agosto de 2012

CHARLY: SAY NO MORE




“La noticia apareció en un periódico sensacionalista. Decía simplemente que se había producido un incendio… Después de llegar los bomberos, la policía, la prensa, apagar el fuego y rescatar al hombre, le hicieron la pregunta obvia:¿Cómo se inició el incendio?-no sé, estaba en llamas cuando me acosté”

Con está frase se inicia Say No More, CD que Charly García editó en 1996. Sin duda, este es su trabajo más controvertido; en él no vamos a encontrar canciones pegadizas, ni sonidos limpios y agradables al oído al escucharlos por primera vez. Más bien, son las melodías disonantes, los sonidos envolventes, los silencios y los cortes los que resuenan en un primer acercamiento. Todo esto junto a frases muy sugerentes: “Estaba en llamas cuando me acosté con vos”,”Querida, el resto, ya lo sabés, de eso se trata Say No More”, “Yo vivo en una casa vacía”,”Esa navaja gris, me cortó la voz: se hizo cuchillo al fin”,”Pero si nos quisiéramos un poco más, no jugaríamos tanto”, “La entrada es gratis, la salida vemos”,”La vanguardia es así”,”No puedo dividir lo que soy”,”Cualquiera puede hacer su película, no pierdas foco, piensa bien, no digas nada!”,”Nada que hacer, nada que ver, solo quedan las películas negras”, “Cuando el cristal se caiga en el mar verás que toda está canción es agonía”,”Yo se lo dije a usted, más allá del principio del placer”,etc.
          Charly García tiene una obra discográfica extensa, sobre la que nadie puede negar que haya dejado marca en nuestra cultura, pero sin duda, este es el disco que más lo marcó a él. Una vez, años atrás, en un reportaje le preguntaron qué era el arte, y él respondió en forma contundente: “el arte es cagarse de frío”. En este, a mi entender su mejor disco, logra desde las llamas una obra que por momentos hiela la sangre. Un testimonio, el suyo, de cómo se pueden correr los límites de la belleza.


                                                                     Lionel Klimkiewicz